viernes, 3 de julio de 2026
Nunca le preguntes a alguien con la cabeza agotada cuántas horas tiene una noche, cuánto silencio hay cuando los que no tienen dudas descansan y a los que les come la ansiedad sollozan. Es un silencio ensordecedor, escuchas la leve vibración de la nevera, lejana, solitaria. Algún que otro reloj, marcando cada segundo que pasa y arrasa contigo como la resaca del mar. Y lo que peor llevas escuchar, tu cabeza. Esa que llevas callando con estímulos todo el día, que si los cascos, que si la tele, cualquier conversación banal por WhatsApp... Pero ahora son las tres de la mañana, estás tumbado en tu cama, observando el techo de la habitación, con la única compañía de la oscuridad y vuelves a notar esa presión en el pecho, esa que te impide llenar los pulmones del todo, esa presión que únicamente parece remitir cuando tus oídos se inundan con tus lágrimas y comienzas a soltar todo lo que llevabas todo el día callando, eso sí, en silencio, porque el ruido, lo haría aún, un poco más doloroso, un poco más real.
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