lunes, 12 de noviembre de 2018


No tengo palabras para darte las gracias por todo lo que has hecho por mí en tan poco tiempo, sé que suena a tópico, pero es que, en realidad, es así.
Apareciste en mi vida poco a poco, sin armar un gran escándalo, sin romper todo a tu paso; y eso es algo que agradezco, ya que estaba en ruinas.
Tenía miedo ¿sabes? Tenía miedo de que vieses mis ruinas, de que vieses mi oscuridad, de enseñarte mis demonios y que salieras corriendo, pero, en vez de eso te paraste a escucharme, me tendiste tu mano y me ayudaste a ir recomponiendo los cachos poco a poco.
Sé que hay mucho que todavía no conoces de mí, que hay mucho que no entiendes, que hay mucho a lo que no respondo, pero dame tiempo ¿sí? Es una desventaja de tener tantos muros protegiendome, que en cierto modo se ha convertido en mi prisión, y es complicado salir.
Me has enseñado que está bien estar mal, que es normal que haya cosas que duelan, que las personas, como seres humanos que somos, a veces la cargamos, y eso, eso está bien, no tenemos que ser perfectos.
Le diste color a mi vida, a mi alma, me diste un hombro en el que llorar, en el que reír, en el que poder apoyarme si me caigo, al que poder subirme si no veo, al que poder abrazar si lo necesito.
Apareciste así sin más, un día como otro cualquiera, y te has convertido en uno de mis pilares.
Gracias.

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